Pesada como nube negra... dedicada a mi ex jefa
PESADA COMO UNA NUBE NEGRA QUE NO DEJA RESPIRAR
Estaba en medio del parqueo intentando cruzar el océano que ella misma había creado. De repente, todo se oscureció y, como era de esperarse, a las tres de la tarde cayó el torrencial: un aguacero denso y aplastante, tan oscuro como su propia energía. Una nube saturada de agua y desechos la acompañaba a todas partes. Era asombroso cómo no se movía un instante sin arrastrar consigo aquella sombra sofocante. Ella, tan espesa y cargada como su inseparable nube, buscaba hundir a todos hasta que no pudieran resistir más el peso.
La gente empezó a colapsar lentamente en medio del parqueo; incluso los árboles cedieron uno a uno, incapaces de ventilar tanto infortunio. El NO era su palabra predilecta y todo lo torcía en su beneficio. Anhelaba escuchar algún día: “No tienes razón, hiciste lo correcto”, pero en lugar de eso entregaba otro pedazo más grande de su inmensa, incómoda y opresiva nube.
Muchos murieron intentando cruzar aquel espacio: crisis de salud física y mental, gastos interminables en recetas y consultas, mientras la insensibilidad se multiplicaba. Nadie es lo que aparenta, y ella siempre lo fue: maquiavélica, demagoga y autoritaria, llena de preguntas sobre lo que ni ella misma comprendía ni mucho menos sabía. Ser o no ser, cargar con la nube o soltarla… total, siempre dirán algo.
De pronto cesó la lluvia, pero la nube seguía derramando su peso sobre las víctimas que la inundación había dejado atrás. Ver a los transeúntes deshechos en aquel parqueo nos arrugaba el corazón.
La oscuridad. Horas interminables encerrados, esperando a que saliera el sol. Revisábamos el teléfono una y otra vez para consultar el clima, sin respuesta. Recibíamos llamadas de día, de noche y de madrugada, intentando resolver los problemas de un sistema sin remedio. Porque en República Dominicana no es secreto: en el día más claro siempre puede llover, y en cualquier momento la nube volvería a descargar su furia.
La nube disfrutaba del aguacero, del encierro y del dolor ajeno. Desde lo alto observaba y calculaba: algunos abrían paraguas, otros, desesperados, se lanzaban al agua como último recurso de libertad. Prefería la penumbra y detestaba a quienes iluminaban con sus sonrisas. La energía se volvía densa, el aire irrespirable, y la lluvia amenazaba sin detenerse. La nube usaba su poder de sombra para tapar la luz, moviéndose a su antojo y empapando a los más débiles, que terminaban contagiados, resfriados, enfermos y exhaustos. Excusas tras excusas, derroche de recursos, advertencias y acuerdos que nunca se cumplían, salvo aquellos impuestos a los que permanecían bajo su dominio. Metas imposibles, programas sin sustento.
Hasta que alguien se atrevió a sonreír en medio del aguacero provocado por la Nube. Bailó sin paraguas mientras cruzaba el parqueo, llegó al otro lado y descubrió que aquello que tanto temía no era más que un espejismo. Dejó de tener miedo y la enfrentó con su sonrisa y su valentía.
La Nube no lo resistió: comenzó a disiparse entre las carcajadas y el ejemplo de los demás. Todos comprendieron sus verdaderas intenciones. Y entonces, por fin, salió el sol para todos.


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